Hoy quiero hablar de la procrastinación. O como coloquialmente se dice “dejar para mañana lo que puedes hacer hoy” (a sabiendas de que deberías hacerlo ya).
Procrastinar es una acción que provoca en nosotros un sentimiento de malestar, porque somos conscientes de lo que estamos haciendo, y también de que, lo que estamos haciendo “está mal”. Entonces ¿por qué nos resulta tan seductora esta acción?
Procrastino mucho.
Los motivos para procrastinar son diversos: por agotamiento (mental o físico), porque aborrecemos la tarea, porque nos resulta demasiado complicada, porque no nos vemos capaces…
Pero quizás, el motivo que yo destacaría por encima del resto es, que postergar la tarea y, cambiarla por otra más placentera o menos tediosa, nos aporta una pequeña recompensa, debido a un alivio temporal.
Y todo esto establece una relación entre la procrastinación y la ansiedad (hablo más de ella aquí).
Pero ¿por qué nos cuesta tanto dejar de procrastinar?
Puede que el motivo sea el de esa manía que tiene nuestro cerebro de ver las cosas de forma global, con lo cual es más fácil que todo se nos haga un mundo y, por tanto, no seamos conscientes de la recompensa.
Nuestro cerebro toma la tarea como algo que nos hace sentir mal, y todo lo que nos hace sentir mal pasa al cajón de las amenazas, o como se denomina a esa zona cerebral, pasa a la amígdala.
Y ¿Cuál es la prioridad ante las amenazas? Eliminarlas cuanto antes. Entonces eliminamos la acción de llevar a cabo la tarea que nos incomoda, y la cambiamos por una que nos gusta, o simplemente el llevarla a cabo nos hace sentir mejor. Lo que nos lleva al alivio temporal del que hablábamos.
En lugar de estudiar, me pongo un capítulo (o dos) de una serie en Netflix.
Pero al final, con lo que siempre nos acabamos encontrando es con esa tarea sin acabar. Y eso, nos sigue haciendo sentir mal. Es un círculo vicioso.
Nuestro cerebro, a veces, no es capaz de ver la recompensa hasta que ya hemos pasado por todo el proceso, hasta que tenemos el resultado final en nuestras manos.
Entonces echamos la vista atrás y quizás pensemos que mereció la pena, o quizás no, pero sea como sea nos sentiremos recompensados por habernos quitado esa acción de encima, que tanto estábamos aplazando y estaba generándonos ese malestar.
¿Cuál es la solución a la procrastinación?
Debemos forzarnos a ver la tarea de forma segmentada y no global. Hay que establecer los pasos adecuados que debemos ir siguiendo. Es como ir tachando los distintos puntos de una lista conforme los vamos consiguiendo. Eso son pequeñas recompensas inconscientes para nuestro cerebro.
Las recompensas son importantes, porque tenemos esa mala costumbre de dar prioridad a las recompensas inmediatas, antes que a aquellas que llevan más tiempo y, por tanto, más trabajo.
Pero también es importante tener claro cuáles son los momentos adecuados en los que podemos empezar a hacer esto.
Para hacer tareas que no son de nuestro agrado necesitamos mayor concentración. Tenemos que ser conscientes de cuáles son los momentos en los que nosotros rendimos mejor y, tenemos que tener muy claro cuál es ese pequeño paso que debemos realizar primero.
Organicemos esas pequeñas acciones (pasos) en esos momentos concretos, para obtener el mayor grado de satisfacción ante una tarea que, por lo general, no nos motiva por el motivo que sea.
Y del mismo modo que es importante conocer nuestros horarios y concretar ahí las pequeñas tareas que engloban lo que queremos conseguir, es importante también no autoexigirnos más de la cuenta. Para ello tenemos que autoconocernos muy bien, y saber, qué funciona con nosotros y qué no.
Por todo esto, procrastinar no tiene que ver con ser vago, como muchas veces se piensa. Si no con cómo funciona nuestro cerebro. Ahora ya sabes lo que procrastinar significa.
Necesitamos ser conscientes de que una tarea más compleja o menos motivante, implica ciertos pasos a seguir, que debemos estructurar nosotros mismos (aquí entra el autoconomiento).
La consecución de cada pequeño paso que hemos marcado, nos aporta una recompensa, que es lo que motiva nuestra acción, y lo que nos ayuda a que nuestro cerebro deje de ver esa tarea como una amenaza que nos hace sentir mal, porque no es capaz de sentir la recompensa final tras la acción.
Aún así, dejar de procrastinar no es fácil, sigue siendo muy atractivo, pero al menos, ya conoces el proceso y qué puedes hacer para evitarlo. Y si continúa costándote mucho planificar pequeñas metas o tienes problemas en tareas que implican un proceso de solución de problemas, puedes ponerte en contacto conmigo aquí.
